Testimonio: Consuelo


Hola.

Si estás leyendo esto, probablemente estés pasándolo mal y no estés disfrutando de la maternidad como quisieras, o de la vida en sí. Te quiero compartir mi historia para decirte que todo va a estar bien. No ahora, ni mañana. Pero pronto te vas a sentir mejor. De verdad.

Me llamo Consuelo, tengo 29 años y estoy casada hace dos años. Fui mamá por primera vez hace casi 8 meses. No lo planificamos, pasó "por error" y creo que eso ha sido lo más difícil de asumir para mí, la maternidad sin haber tenido la oportunidad de desearla.

Tuve un embarazo físicamente muy bueno (sin náuseas ni complicaciones), pero durante esos meses me costó hacerme la idea de asumir mi nuevo rol. Pensaba mucho en lo que perdería y poco en lo que ganaría. De vez en cuando venía el fantasma del "error" cometido y sentía culpa de no haber previsto mejor la situación. Incluso sentía que mi marido era también culpable, y hasta me provocaba envidia ver lo feliz que él estaba mientras yo pensaba en todo esto y me sentía perdida y triste.

El momento del nacimiento de mi hija Isabella fue hermoso y muy emocionante, pero esa primera noche en la clínica fue terrible. Entre la falta de sueño, la preocupación, el dolor al amamantar y la frustración por no poder lograr un buen acople, finalmente llegué a mi casa sintiéndome incapaz de hacerme cargo de mi hija. Sentía que estaba fallando y que no tenía el instinto suficiente para lograr hacer bien las cosas, sobre todo alimentarla. Durante las dos semanas siguientes fue mi marido quien tuvo que ayudarme a que Isabella se acoplara bien a mi pecho para tomar leche, lo que me hacía pensar que él sería mejor mamá que yo.

Siempre supe que los primeros días y meses posparto iban a ser duros. Cuando logré superar el dolor del amamantamiento, pensé que lo peor había pasado. Pero seguía sintiéndome triste, frustrada, enojada porque mi hija no dormía lo suficiente o porque pedía demasiado de mí. Seguía pensando en el error y en cómo sería mi vida en ese minuto sin ella. Y me sentía culpable. Entraba en un círculo de sentimientos negativos que no me dejaban esbozar ni una pizca de felicidad cuando estaba sola con ella. Me sentía miserable.

Mi hermana mayor tuvo un hijo hace 11 años y viví 9 años con él desde que nació, así que tenía una vaga idea de cómo era tener un bebé. Ella también lo pasó mal al principio, por lo que en mi mente me repetía a mí misma: "está bien, ya pasará". Atribuía mi malhumor, angustia, pena y pesimismo al no poder dormir lo suficiente y a los "baby blues". Pero pasaban los días y el malestar no se iba. Lloraba todas las noches y muchas veces le grité a mi bebé (cada vez que lo recuerdo se me aprieta el pecho). Me sentía la peor madre de todas. Y no podía dejar de pensar en que esto no tendría por qué haber pasado, que quizás debí haberlo pensado antes y haberle dicho a mi marido: "no quiero ser madre nunca", porque me arrepentía de todo. Jamás deseé que algo le pasara a mi hija, pero si pudiera haber retrocedido en el tiempo, habría evitado a toda costa haber quedado embarazada.

Al llegar a los 4 meses, Isabella seguía durmiendo poco (siempre en brazos, jamás quiso en la cuna), estaba agotada, me costaba mucho entenderla y saber cuándo y cómo hacerla dormir, seguía demandando mucho mi pecho y no sentía ganas de salir a ninguna parte. No disfrutaba. Incluso llegué a pensar que mi hija estaría mejor sin mí, sin una madre triste, irritable, gritona, porque ella no tenía la culpa de nada. Imaginaba su vida y la de todos sin mí, y veía que era algo bueno porque lo único negativo que estaba influyendo en su cerebro en crecimiento era yo.

Así fue que al quinto mes dije: "suficiente". Necesitaba ayuda. No podía seguir viviendo así ni tampoco arruinarle la vida a mi marido y a mi hija. Así que vi dos opciones: considerar el suicidio, o empezar un tratamiento que, ojalá, me hiciera sentir mejor. Sabía que lo primero no era la solución (a pesar de que imaginé mil formas de hacerlo), y me concentré en lo mucho que quiero a mi familia, en todo lo que me han apoyado durante este período difícil, y en que tenía que intentar mejorarme.

Llegué al Centro SerMujer sintiéndome mala madre, mala esposa y mala hija. Me diagnosticaron una depresión posparto severa y comencé con sesiones semanales de psicoterapia. El primer mes no noté cambios y seguía pasándolo mal. Incluso mi marido cuestionaba la efectividad del tratamiento (lo que me hacía sentir muy mal). Pero entendía que en un mes no iba a cambiar la forma en la que había estado actuando y pensando en el último año; además, los medicamentos tardan en hacer efecto. Entendía que requería tiempo. La doctora me ajustó las dosis y me ayudó a entender que muchas mujeres pasan por lo mismo que yo, que no debía sentirme culpable porque la depresión es una enfermedad, y que si bien antes no busqué ni recibí ayuda, ahora sí estaba haciendo algo por mi felicidad y la de mi entorno. Mi único gran deseo era verme disfrutar a mi hija y conocer por fin el lado positivo de la maternidad. Y recién a los tres meses de tratamiento, fui capaz de vislumbrar eso.

No digo que al día de hoy haya eliminado todos mis pensamientos negativos, ni que ahora sea una persona completamente nueva. Sigo teniendo momentos difíciles, a veces incluso pienso que he retrocedido. Pero puedo decir que ya no es algo de cada día. Por fin puedo decir que los momentos en los que disfruto a mi hija son más que aquellos momentos negativos. Si bien todavía es terrible no dormir lo suficiente y aún me cuesta interpretar las necesidades de mi hija, he ido aceptándolo y aceptando también el hecho de que todos los bebés son distintos, que la mía tal vez es un poco más demandante que otras, pero que al final lo único que necesita es una mamá sana y que esté bien.

El poder hablar con profesionales de la salud que me escuchan y me ayudan a entender las necesidades de mi bebé y cómo es este vínculo madre-hija me ha servido para ir superando mi culpa y poder ajustar mi actuar en función de eso. El hablar también con otras madres y ver que no soy la única que lo ha pasado mal, o que incluso hay quienes han tenido mayores dificultades que yo, me ha hecho entender que la maternidad no se nos hace fácil a todas, que es fundamental tener una red de apoyo, y a valorar a las personas que tengo a mi lado y que me han apoyado en el camino. Y, por sobre todo, entiendo que mi hija no necesita tener una mamá perfecta, sino una que la ame y que haga lo posible por estar bien.

Deseo de todo corazón que, cualesquiera sean tus circunstancias, logres salir de esto y comiences a sentirte mejor. El camino para mí continúa, pero me alegro de ver un poco de luz en este punto que antes parecía imposible. Mucho ánimo, espero que superes esto pronto y que tu bebé crezca sano y feliz. Eres lo que él necesita, eres la mejor mamá para él y recuerda que cada día tienes oportunidades para ser feliz. No te sientas culpable, confía en ti y en tu red de apoyo. Tranquila, lo vamos a superar :).

Un abrazo,

Consuelo.

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