Reseña de Película: Fragmentos de Una Mujer.



Cuando me dispuse a ver esta película, me preparé hasta con pañuelitos para el llanto que pensé que detonaría un guión que imaginaba prioritariamente alrededor de la experiencia de la pérdida de una hija por nacer. Estos temas me convocan, tocan, conmueven y movilizan en mí muchas asociaciones y sentires.


Si bien me emocioné bastante por momentos, lo que ocurre en esta cinta va mucho más allá del drama alrededor del duelo perinatal de Martha, la protagonista, es más bien todo lo que abre este magno dolor en su universo propio y el que la rodea.

Primero, quisiera destacar las escenas del parto, donde realmente Vanessa Kirby se luce, en un rodaje que parte con un plano secuencia de más de veinte minutos, donde por lo menos a quienes hemos parido cercanamente parecido a lo que es un parto casero, nos lleva a recordar todo el trance que implica este hito: el sudor, las lágrimas, las risas, el miedo, la ilusión, los susurros, los gritos, los gemidos, las aguas internas y las que nos acogen, las venas ingurgitadas, el corazón también, el abrazo y la tina que calman; el poder y la vulnerabilidad enfrentados en primer plano, la vida y la muerte dándose la mano a través de nuestro canal de parto. Se activan memorias y se paran los pelos de estar siendo testigos de tanta intimidad y emocionalidad encarnada en aquel cuerpo parturiento.

"No puedo traerla de vuelta", advierte dolorosamente Eve, la matrona, ante un pequeño cuerpo sin vida, ante su propio shock y desconcierto, ante un par de almas que acaban de perder la vida propia. La muerte de aquella hija es la puerta que se cierra ante la posibilidad de ser padres para ellos, pero que (re)abre numerosos canales donde comienzan a fluir las aguas estancadas del horror, los cabos sin atar, dolores antiguos que se actualizan en la herida actual. La pérdida de futuro arrasa con todo, incluido presente y pasado y éstos caen pedazo a pedazo frente a la pareja de padres, ambos huérfanos de hija y de propios padres al parecer. Esta película trata de la muerte de una hija, pero desde esa experiencia abre todo tipo de carencias, poniendo también en el foco los precarios equilibrios de la relación con la propia madre, en los castillos de naipes que se fundan algunos de nuestros vínculos y en todo el peso casi gravitacional con que se impone la realidad cuando es imposible disimularla o disociarse de ella. Hacen aparición forzosa todos los vicios y fragilidades y desde ahí interpela también y podemos ver cómo el duelo se instala como un portal ineludible desde el cual caen todos los velos y máscaras.


¿Cómo enfrentaría cada uno de nosotros una experiencia de tanto dolor? ¿cómo se vuelve a vivir luego de haber compartido lecho con la muerte? ¿qué equilibrios de nuestras propias vidas serían los más desafiados y secuelados? ¿qué máscaras caerían irremediable e irreversiblemente? ¿qué vínculos nos sostendrían realmente? ¿qué aspectos devela la muerte en cada una de nuestras dimensiones vitales?


Las escenas de la protagonista con su madre, llevada impecablemente a la actuación por Ellen Burstyn, son un compilado de maternidad y trauma transgeneracional, de dolores y culpas en una relación tan universal y compleja como lo es la díada materno-filial. Una madre que presiona a “hacer justicia” y demandar a la matrona, que "tiene que pagar por su incompetencia", exhibiendo quizá una proyección de sus propias incompetencias maternas impagas y puestas hoy en el escenario de la relación, más allá de todo amor y buenas intenciones. ¿Qué es la justicia en el ejercicio de nuestras maternidades?, ¿qué es la justicia desde la experiencia del ser hijo(a)s?.


Creo que, para mí al menos, el llamado de esta cinta es por un lado a visibilizar este tipo de dolores, a reflexionar la manera que tenemos como sociedad de valorar y respetar estas cortas vidas y el impacto que deja en sus familias, el desarme y fragmentación que pueden arrastrar, pero también a una invitación más profunda y humana que tiene que ver con remarcar lo personal e intransferible que es cada experiencia de dolor, tal como la de maternidad, absolutamente única, subjetiva y propia de cada mujer que la vive, en que cada una la llevará de la manera que pueda… no sólo que quiera, y con el equipaje emocional que haya hecho acopio durante toda la vida y desde las relaciones más primarias.


Martha puede parecer fría, ha aprendido a pararse así, pero sus ojos logran mostrar, en la brillante actuación de Kirby, que el dolor la tiene abducida hasta profundidades insondables para muchos de nosotros y ella debe decidir, al parecer por primera vez, desde dónde actuar, leal y auténtica a su propia esencia, esa que muchas veces se descubre luego de transitar dolores, esa que también se nos devela al devenir madres, luego de partos potentes, se queden o no nuestros hijos con nosotras...


La medicina no tiene respuesta para estos casos, el alma a veces tampoco, ¿dónde encontrará entonces Martha la respuesta para seguir viviendo? Ella debe tomar un rumbo ante esta dolorosa encrucijada y deberá decidir más allá de lo fragmentada, cómo y desde dónde recomponerse, descubrirá así por ella misma qué queda de una mujer cuando pasa un hijo a través nuestro, y peor aún cuando éste se va antes de tiempo.


Uno de los grandes temas a reflexionar que me deja esta película es desde esta decisión que Martha debe tomar: actuar desde lo que le dejó su experiencia de ser hija o lo que le dejó la breve, pero potente experiencia de ser madre. Un salto a la autenticidad que muchas mujeres debemos emprender más de alguna vez…



Dra. Soledad Ramírez

Psiquiatra Perinatal

Equipo SerMujer




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